Movete si estás quieto

febrero 18, 2009

Hace varios días que estaba trabado con escribir algunas de las tantas cosas que quiero escribir pero imposible, estaba paralizado. No sería nada grave de no ser porque si dejo pasar el tiempo después la necesidad de escribir se hace más grande, como un tema pendiente que crece como una bola de nieve mental que no me deja pensar en otra cosa. Como la comida que hierve en la olla que está tapada y el contenido que rebalsa y rebalsa hasta que uno tiene que apagar la hornalla, o ponerse a escribir, para solucionar el inconveniente.

Si escribo solo por escribir y cumplir conmigo mismo, se nota y no me gusta. Si no pongo el alma no me sale. Pero si estoy acá escribiendo es porque algo logró sacarme del letargo (no es muy difícil encontrame en esta situación, debe reconocerlo).

Hoy leía una nueva entrega de notas y comentarios sobre arte que escribe y me envía Ninot, un gran pintor y compañero del taller de pintura al que asistía en Buenos Aires. El parece saciar su amor al arte compartiendo su conocimiento e investigaciones, lo cual le estoy muy agradecido.

arielmParte de estas notas de hoy estaban dedicadas a la nueva muestra de Ariel Mlynarzewicz en el Centro Cultural Recoleta, un centro de exposiciones en Buenos Aires. Ninot incluyó unas fotos de la obra expuesta y quedé sorprendido. Tal vez porque conozco a Ariel en persona y como maestro y pude reconocerlo en esta nueva serie de pinturas. El está ahí, vivo: por la potente soltura de sus pinceladas, el desestructurado uso del color, su maestría en la construcción de la figura y las expresiones y por lo cotidiano de sus temas. Está su alma y se nota. Como lo dice en un extracto que Ninot incluyó de una entrevista que le hicieron a Ariel: “es muy importante poner en práctica lo que pienso: pintar, puede pintar cualquiera.” Parece que esta vez pensó en pintarse él mismo y lo puso en práctica. Lo logró, pude verlo. Y no solo eso, me conmovió y me inspiró.

Me pasé días queriendo escribir sobre algo que parece que no me interesaba escribir, por eso la parálisis, el vacío y la incomodidad del no hacer. Por eso la olla rebalsando que nadie apaga.
Será que hay que andar libre y atento para poder ver aquello que lo saque a uno del pantano en que suele caerse cuando la atención está fija en una cosa y no hay forma de hacerla funcionar. Gracias de vuelta Ninot.

Nada que decir

febrero 16, 2009

No se me ocurre nada para escribir, o no tengo tiempo para escribirlo, qué se yo. Pero hace días que vengo escuchando esta canción y me parece que vale más que mucho de lo que pueda decir.

Curtis Mayfield. Move on up. Septiembre de 1970. Puro soul, funk y groove. Para bien de todos la buena música tiene vigencia. Lo demás, ruido.

curtis

No ser es la cuestión

febrero 4, 2009

Recientemente publicado en inglés por Ediciones De la nuca, pude echarle una mirada al libro “The pursuit of happiness” (en busca de la felicidad), obra del novel escritor Andy Calamar. Este pintoresco personaje es la versión anglosajona de la versión española de un producto típicamente argentino, y hasta probablemente sudamericano. Es la figura del poeta urbano, el artista del lamento en pose, el buscador de verdades que nunca hace propias, precisamente porque si dejara de lamentarse, perdería su esencia y dejaría de ser quién es.

the-pursuit1¿Qué es de alguien sin su objeto de estudio o dedicación? ¿Quién, en definitiva, se quiere curar del mal que lo aqueja, o para ponerlo en términos más positivos, del motor de su motivación? Para dar un ejemplo, el consumidor de manuales de autoayuda en realidad encuentra placer en la búsqueda de la felicidad y se regocija con el consumo y repetición de ciertas fórmulas que tratará de aplicar una y otra vez sin estar nunca convencido de haberlas aprendido. ¿De tanto buscar, como sabrá qué es la felicidad y cuando la ha encontrado? ¿Qué pasaría si un día cualquiera decidiera dar por terminada la búsqueda que en realidad lo completa? Se sentiría un desgraciado. Si en realidad ser un infeliz es lo que lo hace feliz.
Este es el sabor que deja la pretenciosa prosa de Calamar, que es finalmente su única virtud. Sin quererlo, su proceder literario y su postura artística nos entrega ese pensamiento: no ser es la cuestión.

Golpeado y absolutamente acongojado por las adversidad del clima inviernal londinense, Andy Calamar dedica un capítulo de su libro a su experiencia en tierras británicas. Su estadía parece haberle afilado los sentidos en busca de explicaciones. Entre otras cosas, no comprende y se pregunta cómo alguien puede vivir aplacado por la falta de luz y la amenaza de lluvia que siempre se concreta. En el esbozo de sus primeros pensamientos, imagina que “las cintas colgantes para sostenerse parado en el bus están también destinadas a que la gente, en condiciones de angustia extrema, se cuelgue de ellas y se ahorque como forma de escape al sufrimiento de la falta de sol y la excesiva humedad”. También se pregunta si esto se debe a una política de estado de avanzada de este el país natal de Darwin, orientada al control poblacional usando una regla muy básica, la supervivencia del más apto.
Las impresiones se hacen más complejas a lo largo del libro y no aumentan en originalidad, así que no vale la pena citar ninguna más.

Pero a no desorientarse. Andy Calamar no es un hombre del trópico, de arena y zunga como nos quiere hacer pensar. El proviene de la oscuridad y del caos de la gran ciudad sudamericana, la última parada en dirección a la Antártida. Lleva urbanidad en la sangre y ese es el filtro con el que mira las cosas. Nunca verá la luz que dice buscar.

Andy Calamar es un predicador de la nostalgia, de ese algo que dice que se ha perdido pero que en realidad no ha existido nunca. Como este libro, que de tan fiel a la esencia de su autor es casi mágico, tal que su verdadera razón de ser es buscarlo, para mejor nunca encontrarlo.

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