Le oserger
mayo 21, 2009
Las primeras impresiones de mi regreso a Londres quedaron reflejadas en una reveladora charla titulada El regreso.
Pero aquí y ahora, la otra cara de la moneda. Mis impresiones sobre mi visita a Buenos Aires con foco en mis experiencias familiares, ya que es un texto que escribí en inglés para el blog del website para que el que trabajo: MyHeritage.com (una red social de familias online, ya que estamos. Más información, me avisan).
Nada revelador. Solo que hay tantos enfoques sobre una historia como las que uno le quiera dar.
Para leer el post haga click aquí (es decir, sobre la palabra “aquí” que aparece a la izquierda de esta frase entre paréntesis).
Aire fresco
mayo 19, 2009
Me topé con este artista italiano llamado Vinicio Capossela gracias a un recital al que no fui y a unos amigos que me dijeron lo bueno que estuvo. Lo busqué por ahí y me gustó. Fusión de varios tipos de música, entre la canción italiana y el circo. Un sonido original que refresca un poco el oído. Y porqué no también, mientras lo escuchamos, imaginarnos recorriendo las calles romanas en una Vespa, vistiendo traje de tonos claros y anteojos de sol, acariciados por la suave brisa de una tarde soleada, saludando, sonrientes, a gente que no conocemos.
Niños ricos que tienen tristeza
mayo 15, 2009
Ya lo decía un líder sudamericano de fines de siglo pasado desde su discurso electoral, donde enumeraba las desgracias para las cuales él decía que representaba la solución: “Por los niños ricos que tienen tristeza”. Nunca supe bien a qué se refería, tal vez porque no era rico o porque no estaba triste. Aunque una cosa sí era: un niño, y por eso tampoco votaba.
Veinte años después sigo sin ser rico y sin estar triste, pero dejé de ser un niño y por eso también voto. Hoy me acuerdo de aquella frase electoral y la transfiero al contexto europeo, sin dudas un continente rico pero avegentado, aunque más saludable porque entre otras cosas está exento de esa clase de políticos que tienen esa clase de discursos.
¿A qué viene esta referencia a la niñez y a la riqueza? A los regalos, más precisamente a la situación de regalar algo a alguien en un país rico. ¿Que se le regala a alguien que lo tiene todo? ¿Que lo consigue y lo alcanza todo? ¿Como se hace una diferencia, o se demuestra algún tipo de especial consideración?
Desde tiempos remotos en mi vida me he cruzado con esta disyuntiva. Teniendo gente cercana que habita en el país de Obama, la pregunta fue siempre la misma a la hora de querer agazajarlos con un regalo: ¿porqué existe el ser y no más bien la nada? Claro que agobiado por nunca encontrar la respuesta, siempre pasaba a la pregunta siguiente: ¿qué carajo les compro?
Pensemos por ejemplo que uno se quiere jugar y piensa en regalar un ipod (si, tal vez no sea un tipo muy arriesgado) o una de esas cosas que los chicos de hoy usan para evadirse de las cosas importantes, como usar hilo dental después de cada comida. Pero uno dice, jodé!, que hoy en día el ipod viene de regalo en las cajas de cereales norteamericanas y a mí me sale una unidad de mi aparato reproductor al tener que comprarlo a costo “doola”. Entonces, ipod no… y uno piensa qué se yo, en una remera. Pero este caso es aún peor. Tengo entendido que en los baños de los outlets de Miami te dan las remeras para secarte las manos cuando vas a comprar alguna otra cosa aún más insignificante. Finalmente, atrapado sin salida, uno se enoja y termina mandando a todos a defecar y no le compra nada a nadie.
Ahora estando yo en Europa, la tarea es comprarle en Londres algo a alguien que vive en Amsterdam. ¿Qué se le compra? ¿Como se puede “decir algo” con el regalo y ser mínimamente original? Como están las cosas hoy, un holandés compra un pasaje de avión para venir por el día a Londres a tomar un té con masas y a comprar unas postales con la foto de la reina por menos de lo que le sale el té y las postales. Las masas aparte.
Es una situación desconcertante, uno ya no sabe cuanto vale nada en el mundo de hoy. Entonces me pregunto si aquel político no tenía razón y sabía de lo que hablaba, yo desconociendo las sutilezas del mundo moderno en aquel momento para entenderlo. Es que tal vez la gente rica esté triste, porque tal vez, piensen todos como yo. Dios* no lo permita.
* No les dije, pero aparte de “porqué existe el ser y no más bien la nada” y “qué carajo regalar”, esta es otras de las preguntas que a veces también me hago: ¿Dios existe?
Los inadaptados de siempre
mayo 11, 2009
Otra vez, los inadaptados de siempre se quejan por los textos largos. Recién acabo de publicar la primera entrega de “Nadie es turista en su tierra” y ansiosos, sin pelos en la lengua, mandan mensajes sobre lo extenso de las entradas. Así es la gente de hoy, apurada por vivir, por comerse una hamburguesa cultural en vez de tomarse el tiempo para saborear unas cuantas palabras de más que es necesario que sean escritas. Esta es gente que se fatiga fácilmente. Así no. No se dan cuenta que entre todos podemos hacer un Fatigas mejor. A ponerse las pilas.
Nadie es turista en su tierra
mayo 11, 2009
Historias y fotos ajenas entre sí que sin embargo tienen mucho en común. Enterate de que va todo esto acá.
Foto: Fatigas del querer / Texto: Lucio

La música empieza justo cuando cambia el semáforo, como si el bajista a mi derecha hubiera estado esperando la señal. El hombrecito verde estático contagia más movimiento que nunca, pero ya no camina. Ahora baila. Y así cruzo, caminando a paso acelerado, afirmando cada pisada, sintiéndome parte de la banda. Debo verme bien. Debo pensar que estoy en el cielo. Sonrío, por lo menos adentro de mi cabeza, y miro de reojo a los que adentro de sus autos esperan su verde. Les dedico una mirada de trailer de película que no podés dejar de ver. Y sigo. Se suma el baterista, con el talento del que sorprende con lo predecible. Es él, el bajista y yo, entendiéndonos a la perfección. Y se ve. La chica bajando las escaleras al lado mío se aguanta las ganas de mirarme y sonreírme, quizás por lo que vaya a pensar de ella. Un momento de seducción que dura un par de compases, pero que tiene la fuerza de cambiar un día. Y dejo de mirarla, porque para qué exponerme si no voy a hablarle. Prefiero que me recuerde así, como una sensación de sintonía perfecta. La misma felicidad ininterrumpida que siento por no tener que parar a comprar tarjeta. No puedo parar. Alguna gente camina apurada, otros charlan entre sí y otros pocos rodean a un violinista que, no sé cómo hace, pero se suma a la banda como si la estuviera escuchando. Todos se ven lindos, cumpliendo su parte en una coreografía perfecta diseñada para este videoclip de una sola toma. Hasta una señora que desparramada contra la pared pide monedas a los que pasan, sin necesitar las palabras. Molinete y andén. El teclado secuestrado de los años setenta inunda los huecos entre sutilezas de la batería y la seguridad del bajo, que trae de vuelta la imagen del hombrecito verde que me pide que no pare. Camino hacia el túnel, en el sentido del tren. No puedo parar. No puedo quedarme quieto. El público del andén de enfrente lo ve mejor, el cuadro más completo. Es lo mismo si avanzo yo o si retrocede el mundo. Todo fluye. Y ellos son extras indispensables en un escenario simple de tan complejo. Parece de noche. Quizás por la tanta gente moviéndose a ritmo atractivo en un lugar cerrado. Quizás por la fuerte luz que aparece en el túnel oscuro, que ilumina lo que creía iluminado, y que por unos pocos segundos absorbe la mirada de todos, aunque yo solo me dé cuenta de su verdadera razón de ser. Se viene un momento especial, un cambio inesperado en la música que ya suena diferente, aunque los músicos sigan haciendo lo mismo. Suena diferente porque está sola con la luz. Y conmigo y mis ganas de sumar mi voz a una canción sin cantante. Cuando vuelvo a abrir los ojos el tren está parado, esperando que yo entre. Otra vez el teclado de los setenta, y me empuja adentro del vagón. Me estaban esperando. Una madre con sus hijos sentados uno a cada lado, un señor que levanta la vista del diario, dos chicas con uniforme de colegio que me miran y secretean, un abuelo que quizás nunca tuvo nietos y los demás, más atrás, que se confunden en manchas de colores. El tren arranca y la inercia deforma mi baile reprimido. Afuera del tren se apaga el mundo. Las ventanas se oscurecen y atravesamos el vacío. No importa la velocidad. Todo encaja en los tiempos marcados en mi cabeza. Con un acorde sorprendente, de entre las manchas de colores surge una mujer. Es la chica de la escalera, la coprotagonista. Avanza tomándose de los caños, saltando de uno al otro, esquivando pies y miradas. Pelo largo lacio y oscuro, rasgos suaves, ojos que todavía no delatan que me vieron, ropa suelta, libre, limpia, linda. Está cada vez más cerca. Intento no mirarla. Así está en el guión. La música me va a decir cuándo sea el momento. Seguramente ni hablemos, pero vamos a conectar. A entendernos, a saber que viajamos juntos. Y llega al lado mío. Se para y finalmente me mira. No puedo disimular que me gusta, que tenía la esperanza de encontrarla desde el principio de la canción. Mueve su boca diciéndome algo, pero no la escucho. No hay nada que escuchar. El sonido de los instrumentos dice más que cualquier palabra. Yo sonrío, esta vez afuera también. Ella no, nerviosa, dudando. Bajo la vista, todavía sonriendo, para sacarle presión. Los extras miran, nos siguen el juego. Y de repente, contacto. Siento su mano tímida sobre mi hombro. No esperaba eso, no lo vi venir. Me obliga a mirarla de nuevo. Otra vez mueve su boca. Lo que tiene para decirme es más importante que la música. ¿Qué puede ser más importante que la música? Me animo a la transgresión. Me arriesgo a dejar entrar el sonido ambiente. No va a ser la primera canción con diálogo en el medio, con un espacio de radionovela. Despacio, me saco el auricular derecho. El ruido del tren se mete en mi cabeza. No va mal con la música de la izquierda. Bajo la mano lentamente, a la vez que la miro, primero de reojo, después con la cara. Sonrío de nuevo. Ahora estamos en el mismo plano, comunicados en el mismo mundo. Permiso, me dice. ¿Qué? Permiso. Por favor. Miro al otro lado. El señor del diario hace que lee. La vuelvo a mirar a ella. La música se escucha menos. El principio del fin. Fade out. ¿Perdón?, digo. Que si me dejás pasar. Vuelvo a mirar al otro lado. El pasillo está vacío. La miro a ella y doy un paso hacia adelante. Claro, perdón, no te escuchaba. Perdón. Está bien, me dice. Gracias. Y pasa. La canción terminó. El tren empieza a detener su marcha, llegando a la próxima estación. La chica se aleja, tomándose de los caños. No era tan linda. Las chicas de uniforme se ríen y secretean. El abuelo se quedó dormido. Cuánto faltará para llegar. Dónde estoy.
Nadie es turista en su tierra: Introducción
mayo 9, 2009
Seis o siete años atrás, nacía la idea de establecer algún tipo de colaboración artística con mi amigo y colega Lucio, multifacético hombre de las artes, para saciar nuestro impulso creativo y recreativo, y reflejar nuestra mirada del mundo, o la que aspirábamos tener.
Corría el año 2003 y la historia de nuestro querido país, Argentina, se repetía como años atrás lo habíamos estudiado en los libros. Salvo que esta vez la situación era real y peor a todas las que nos sabíamos de memoria. Nuestra generación asomaba al mundo profesional y la crisis “nos cortó las piernas“. Pero lo que nos molestaba más no era el caos que estábamos viviendo, si no el estar hundidos hasta la médula en el mismo problema social, politico y económico que venía repitiéndose por décadas en nuestro país. Las mismas causas y consecuencias de siempre, y la misma solución que nadie se anima a encontrar (ver referencia al libro de Andy Calamar). Aburridos hasta la apatía y la desesperanza por ese nefasto juego cíclico, Lucio y yo queríamos cambiar si es que el contexto no lo haría nunca. ¿Porqué no ver el mundo de otra manera, y escribir sobre ello? Pensamos en vivir el segundo, ya que no había futuro, y disfrutar de ello. Sentir las cosas simples y retratarlas. El concepto de nuestras escrituras sería ser “chicato”, es decir, no ver bien de lejos y solo enfocar de cerca. Ver las pequeñas cosas que componen el gran mundo. Cambiar la perspectiva, enfocar mejor. Nuestras entregas se llamarían así: Chicato (que coincidentemente había sido el nombre del gallo de otro amigo nuestro). Nunca pusimos en marcha el proyecto, tal vez porque no encontramos el vehículo propicio para escribir, tal vez porque en realidad estábamos más perplejos por la situación de lo que creíamos. Sólo alcancé a desarrollar la introducción, la editorial, el bosquejo del concepto, que transcribo abajo tal cual lo escribí en aquel momento.
Hoy las condiciones son otras, tenemos el vehículo y el ánimo pero la crisis es global, así que joder! Si no es ahora no es nunca. Las cosas cambiaron y la idea de nuestra colaboración lo hizo levemente: yo voy a sacar fotos en Londres y él escribirá al respecto desde Buenos Aires. Yo veo cosas que él no ve y se las muestro en fotos, y él ve en las fotos cosas que yo no veo y me las cuenta en un texto. El objetivo es mantener la perspectiva de lo que sucede y no ahogarse en el mismo proceder. Nadie es turista en su tierra. Y como sabemos que uno no puede cambiar del todo, o nada, al menos de lo que estamos en búsqueda es de nuevos problemas.
El próximo post será la primera entrega de Nadie es turista en su tierra.
Editorial “Chicato” 2003
Reconocer los límites de las cosas no es nada fácil. Generalmente las vemos todas juntas, como borrones, y sólo reconocemos masas de gente, edificios aglutinados o varios sonidos simultáneos en forma de ruido. Por lo tanto, terminamos no viendo lo que vemos, ni escuchando lo que escuchamos, y así todos nuestros sentidos se vuelven inútiles debido a nuestra ceguera sensorial. Es que no somos permeables a lo que nos pasa, sólo pensamos en las cosas, en vez de sentirlas. Si tuviéramos la disponibilidad sensorial necesaria para percibir entre esas masas de gente a individuos únicos, con historias propias; o para reconocer entre esos edificios aglutinados una magnífica pieza arquitectónica; o para escuchar entre todo ese ruido el sonido de un pájaro o simplemente del viento. Sería como despertar constantemente, con la mente limpia, vacía de prejuicios. Y así la idea de belleza se vuelve personal, basada solamente en las gratas sensaciones que nos produce algo al sentirlo, independientemente de su aspecto o utilidad. La idea es ser chicato. Ver bien de cerca, para descubrir cosas únicas sin esfuerzo, sólo abriendo nuestros ojos al mundo próximo que nos rodea, aquí y ahora. Es como estar de viaje sin viajar, y mirar con ojos de turista nuestra propia casa y descubrir que todo se vuelve nuevo y cobra otro significado del que creíamos que tenía. Ser chicato es salir de la rutina y ver la misma cosa dos veces y ambas sentir y pensar distinto sobre ello. Ser chicato es mirar para abajo mientras caminamos. O mirar para arriba para ver donde termina el mundo hecho de concreto y donde empieza el cielo. Ser chicato es percibir que sale el sol, y que con ello la vida empieza nuevamente, día tras día.
Ossie’s dream
mayo 7, 2009
En una charla de bar a cielo abierto, cerveza en mano, tarde límpida y brillante, un inglés trata de convencerme para que me haga hincha del club de fútbol Tottenham, sito en Londres, ya que un rato antes yo le había confesado que no simpatizaba por ningún club.
Le cuento que al principio fuí de Liverpool, porque compartí casa con alguien que era hincha y yo veía los partidos con él en su plasma. Habrá sido esto último y no el equipo el que me tenía prendado ya que al poco tiempo de irme de ese lugar también dejé a Liverpool.
Ahora vivo cerca del estadio de Arsenal y de vez en cuando se me cruza por la cabeza hacerme hincha, digo, que sé yo, porque soy del barrio, pero no los vi jugar nunca y no me generan mucha simpatía.
Cualquier hincha de fútbol que encuentra a alguien sin fe, sin credo futbolístico, como yo, da gracias a Dios por la oportunidad de poder evangelizar sobre su equipo y convertir al no creyente en uno más de ellos. Así es que este tipo me habla de las bondades del Tottenham, de su historia y de sus logros. Yo escucho atento y concentrado por el tiempo en que la cerveza me deja hacerlo. Al rato el evangelizador arriesga sus datos más preciados, el as en la manga. Me cuenta que la historia del Tottenham, o los Spurs, como les llaman, incluye a Osvaldo Ardiles, Ossie, quién a principios de los años ochenta era el ídolo del equipo. Ardiles unos años antes había salido campeón del mundo en Argentina ’78. Me dice que inclusive la hinchada tenía una canción que hablaba de él y hasta se anima a cantarla. No entiendo nada. Sigue contando que cuando Ossie llegó al Tottenham dijo que tenía el sueño de jugar la final de la liga en Wembley y salir campeón. La charla siguió pero yo no me convencí, aunque reconozco que me ablandó la historia, ya que sabía que Ardiles había jugado en Inglaterra pero nunca supe donde ni cómo.
Semanas después de esa charla, más precisamente hoy mismo, el tipo me manda un video a través de una amiga que trabaja con él. Dice que me “puede interesar”. Pongo play.
En el medio, con una bufanda blanca y cara de feliz cumpleaños y de no entender nada, está Ardiles. Algunas frases en inglés al comienzo dicen esto: “Spurs are on the way to Wembley / Tottenham is going to do it again / They can’t stop them, bla, bla… the boys from Tottenham / The kings are claiming the crown / Everybody will be singing, when the Spurs go marching on”. Hasta que llega la develación y ahí sí: “Ossie Ardiles… he had a dream for a year or two / One day he’s going to play on Wembley, now his dream is coming true…” Era así nomás, la canción de Ardiles y su sueño. De antología: todo, el video, la canción, Ardiles paradito ahí como pidiendo el cambio… Le respondo que no me convencí todavía. Y retruca con otro video. Es un gol de Ricardo “Ricky” Villa, otro ídolo del Tottenham y también campeón del ’78.
Tengo que darle el crédito, al menos tiene material para convencerme. Le respondo con otro email donde le digo que “esto lo hizo, ¿donde firmo?”. Como viejo apóstol, orgulloso de vender su mercadería, me contesta: “no hace falta que firmes nada, tu corazón ya está en Tottenham”. Bueno, si él lo dice…
Eso me suena (canciones con brillo prestado) II
mayo 5, 2009
Sección “Eso me suena” (canciones con brillo prestado). Segunda entrega. Un aporte de Fatigas del querer para tender un puente entre el pasado y el presente musical, para saber que los sonidos que brillan hoy (o hace un tiempo) bien pueden recibir, en realidad, luz de un éxito anterior.
Para los desmemoriados, el porqué de esta sección es este.
Hoy sale un genio a escena. El queridísimo Stevie Wonder y su canción “As”, del disco doble “Songs from the key of life” de 1975 (perteneciente a la categoría “Para llevar a una isla desierta”).
En la versión remake noventosa, George Michael y Mary J. Blige, que tampoco son tan malos, bah.
Stevie Wonder – “As”
George Michael & Mary J. Blige – “As”
El extraño caso de la tostada
mayo 4, 2009
Encontrábame inmerso en una tele-conversación por Internet con un amigo, una de las tantas que solemos tener. Hablábamos de bueyes perdidos y de cómo la alusión a semejante animal y a su condición de extraviado se refiere a la acción de hablar trivialidades. Nada nuevo en ese frente entonces, pues es una cosa que siempre hago.
Allí lo veía a mi amigo, cámara mediante, bañado por ese radiante sol de Buenos Aires que no descansa ni el día del trabajador, el cual era el caso. Mi amigo presentaba inconfundibles señales de que hacía poco que había amanecido.
La charla no terminaba de empezar cuando una mano -presumiblemente la de la mujer de mi amigo- apareció en escena entregándole un plato con una tostada ya untada.
Menuda fue mi sorpresa. Un quiebre en la conversación. ¿Que es esto?, ¿un jardín de infantes?, pensé. ¿No es acaso la preparación de una tostada uno de los más momentos más íntimos de una persona? La intrincada manipulación de la tostada, la carga justa de manteca y del dulce de ocasión o estación. ¿Qué nos está pasando? ¿Donde si no más que en esos pequeños actos personales de decisión cotidiana, se refleja nuestra individualidad? Así estamos como estamos. Otros manejan nuestro dinero, redactan lo que leemos en los diarios, proyectan lo que vemos en la TV y si nos descuidamos, también nos hacen las tostadas. A no perder los terrenos ganados que no se recuperan nunca más.
Mi amigo me dió a entender con una carcajada que estaba pensando lo mismo que yo. Pero luego de este pequeño hecho maternal que dió paso a una reflexión existencial, los bueyes volvieron a su lugar de origen y la conversación tomó caminos más profundos, lugares de conocimiento inexplorados, como corresponde a los adultos independientes que somos.
