David Hockney

Hay sol pero está destemplado. La luz despabila el espíritu y la brisa hace crujir la mañana. Amanece un domingo de Mayo y despierto ansioso, tempranísimo, como un niño en el día de su cumpleaños. Me deparan sorpresas, vivencias inéditas. Nada será igual después de este día. Quedaré afectado por la experiencia que yo planeé para mí mismo. El festejo de una pasión.
Es el ante último día de la retrospectiva de la obra de David Hockney, un pintor británico de fama mundial, en la galería Tate Britain de Londres. He estado atento por meses a esta exhibición y he ensayado recordatorios de todo tipo pero nada impidió que espere hasta los días finales para visitar la muestra. Habrá mucha gente. Las entradas de venta anticipada están agotadas y sólo se pueden adquirir en la boletería del museo. Hay un número limitado de tickets disponibles en modalidad first come, first serve.
Planeo llegar a las 9 de la mañana a la puerta del museo. Abren a las 10. Llevo un libro conmigo, Ways of curating, de Hans Ulrich Obrist, quién dice que curar es hacer posible cosas imposibles, como esta exhibición a la que voy en camino. Es un lujo indescriptible tener la posibilidad de ver, o más bien de vivenciar, en un solo lugar, la compilación de 50 años de la obra de un artista. Será esta vez y nunca más. Será un espectáculo mudo sin actores narrando la historia de la mirada de alguien con extremo talento para la expresión plástica. La primavera incipiente se deja sentir en este soleado día en Londres así que mi fortuna será doble.
Es temprano, hay poca gente en la calle y menos aún en el underground. Al finalizar mi viaje, camino por los pasillos de la estación Pilmico hacia la salida. Una pareja de jóvenes con aire de estudiantes de humanidades camina delante mío. Intuyo que van hacia donde yo voy. Acelero el paso. Caigo en la cuenta de que no he sido el único en tener la brillante y osada idea de madrugar una mañana de domingo para ir a una muestra de arte. No hay forma de ser original en Londres, de llegar primero, de saber algo que nadie sabe. Hay de todo para todos y todos hacen todo. Y lo hacen rápido. La ciudad enseña (o más bien obliga) a sus habitantes a aprovechar el momento, a usar lo que hay disponible, porque todo se usa, todo se ocupa, todo se modifica, todo termina. Mañana será otro día, literalmente, y de lo que ayer hubo, no habrá más. Se vive en el futuro pero, con temple imperial, los londinenses pretenden ignorar este hecho. Cambia todo pero se actúa como si no cambiara nada. Cool Britania le dicen. Brexit, terrorismo, nada merece demostrar un ápice de afectación. La exaltación es un signo de mala educación y mal gusto. El londinense, o más bien el inglés, vive en convulso estado interno de disconformidad mientras exhala pétrea anuencia y resignación. Todo avanza pero ni rastro queda de ese movimiento. La longeva y centenaria familia real es el fiel reflejo de esa forma de ser. Es el mástil donde flamea la bandera de costumbres que ya nadie practica pero que ofrecen resguardo cuando hay incertidumbre.
En efecto, llego a destino y encuentro alrededor de cincuenta personas haciendo cola a la espera de que las puertas se abran en una hora, a las 10. Misión cumplida pienso, conseguiré mi entrada, solo es cuestión de esperar. Leeré mi libro, registraré el momento en Instagram, miraré a la gente pasar, ofrendaré mi rostro al sol y aguantaré las ganas de tomar un café. Más gente llegará con el paso del tiempo. La cola dará la vuelta a la esquina.
Ya con mi entrada en la mano, y habiendo tomado el tan ansiado café, entro a la sala de exhibiciones. No había reparado en que toda esa gente que esperaba afuera, más toda la otra que había agotado las entradas, estarían dentro del museo al mismo tiempo. Es como viajar en transporte público en hora pico, sólo que rodeado de bellas artes y sin ir a ningún lado. Me hizo acordar a aquella otra popular muestra de Picasso a la que había asistido muchos años atrás, también atestada de espectadores. En fin, qué placer… que impresión… el tamaño de los cuadros. Y hablando de Picasso, qué talento el mal nacido de David, eh.

Londres, 29 de Mayo de 2017

Recordatorio

March 28, 2018

Olvidarme.

De los demás,

de los porqués.

Recordarme.

A mí mismo.

Todo el tiempo.

De mis pasiones,

mis ambiciones,

mis talentos.

Estar atento.

Si no soy yo,

no es nadie.

El divorcio

March 29, 2017

Yo mediado

July 29, 2016

nico-retrato-muy-baja

Soy disipado, abarcativo.
Por eso no acontezco.
Soy invisible, insustancial.
Porque no sucedo en un momento.
Soy atemporal, ubicuo.
Perceptible en el proceder.
Soy continuo, indefinible.
Permanezco sin estar.

Me llaman tantas cosas

April 3, 2016


“Me llaman”, por Nach

Luminocidad

April 1, 2016

Lisa, liviana, levitaba la luna. Llovía luz. Luciérnagas ligeras, laboriosas, limpiaban la lobreguez.

Luminocidad

Florece, que no es poco

December 29, 2015

Florece, que no es poco

Un dilema recurrente

July 4, 2015

Botella pintura

Quiero trascender el habla y la palabra.
Quiero no decir, quiero no escribir.
Quiero el todo de la nada.
El sonido que no dice.
El gesto que no indica.
Quiero escuchar el silencio.
Quiero ver la oscuridad.
Experimentar sin entender.
Quiero lo imposible:
Vivir sin transmitir.

Erase you vez…

August 31, 2014

La bendita manía de contar, Gabriel García Márquez“Erase que era una vez un criado que llegó temblando a casa de su amo y le dijo: ‘Señor, he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.’ Y el amo le dice: ‘Toma este caballo y este dinero, y huye de inmediato a Samara.’ El criado lo hace. Poco después, en el mercado, el amo encuentra a la Muerte y le pregunta: ‘¿Porqué le hiciste a mi criado un gesto de amenaza?’ ‘No era de amenaza, sino de sorpresa’, responde la Muerte, ‘porque debo recogerlo esta tarde en Samara y me sorprendía verlo aquí, lejos de Samara.’ Eso es contar un cuento como Dios manda. Si una historia no se puede reducir a estos términos es porque algo le falta o le sobra.”

– “La bendita manía de contar”, Taller de guión de Gabriel García Márquez, Ollero & Ramos Editores, 1998

El beso

August 28, 2014

El beso en la playa de Biarritz Francia

Miramos al mar como a un león viejo y manso a quién, a pesar de su edad, sabemos que debemos respetar: un paso de más y sus garras nos arrastrarían a la muerte. Lo miramos como contemplamos al fuego consumir el leño. O como hipnotizados por la TV, o por Facebook. Es una infinita corriente de eventos. Nos detenemos en la orilla, indefensos, a mirar un espectáculo de olas, viento y sol. Nada más y nada menos. Pero no sabemos si lo miramos a él o si es él quién nos observa. Porque al mirar como miramos, revelamos cómo somos. Como toda experiencia interactiva (¿hay otra?), nos predisponemos a ver a través de la lente de nuestros mundos personales. El que actúa juega a ser otro, pero el que observa es uno mismo. Enfrentados a una puerta impenetrable de agua turbia, nos rendimos impotentes a ser quienes somos. Los niños juegan. Las madres introducen a sus hijos al incontrolable impulso de la naturaleza. Otras mujeres charlan, otras desafían a la vergüenza haciendo topless. Otros miran el horizonte con atención reveladora. Otros demuestran su cariño y se besan ante la implacable y extraña fuerza de estar presentes sin otra cosa más que sus cuerpos. Y todos, se hunden en la arena. Símbolo de que el tiempo pasa, de que nada es para siempre. Es la vida que nos traga. Y no hay recuerdos ni sueños futuros, si no el momento que se escurre entre los dedos. Lo que nos salva es contemplar lo incomprensible, y así entregarnos a existir sin preguntar.