Nadie es turista en su tierra

May 11, 2009

Historias y fotos ajenas entre sí que sin embargo tienen mucho en común. Enterate de que va todo esto acá.

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La música empieza justo cuando cambia el semáforo, como si el bajista a mi derecha hubiera estado esperando la señal. El hombrecito verde estático contagia más movimiento que nunca, pero ya no camina. Ahora baila. Y así cruzo, caminando a paso acelerado, afirmando cada pisada, sintiéndome parte de la banda. Debo verme bien. Debo pensar que estoy en el cielo. Sonrío, por lo menos adentro de mi cabeza, y miro de reojo a los que adentro de sus autos esperan su verde. Les dedico una mirada de trailer de película que no podés dejar de ver. Y sigo. Se suma el baterista, con el talento del que sorprende con lo predecible. Es él, el bajista y yo, entendiéndonos a la perfección. Y se ve. La chica bajando las escaleras al lado mío se aguanta las ganas de mirarme y sonreírme, quizás por lo que vaya a pensar de ella. Un momento de seducción que dura un par de compases, pero que tiene la fuerza de cambiar un día. Y dejo de mirarla, porque para qué exponerme si no voy a hablarle. Prefiero que me recuerde así, como una sensación de sintonía perfecta. La misma felicidad ininterrumpida que siento por no tener que parar a comprar tarjeta. No puedo parar. Alguna gente camina apurada, otros charlan entre sí y otros pocos rodean a un violinista que, no sé cómo hace, pero se suma a la banda como si la estuviera escuchando. Todos se ven lindos, cumpliendo su parte en una coreografía perfecta diseñada para este videoclip de una sola toma. Hasta una señora que desparramada contra la pared pide monedas a los que pasan, sin necesitar las palabras. Molinete y andén. El teclado secuestrado de los años setenta inunda los huecos entre sutilezas de la batería y la seguridad del bajo, que trae de vuelta la imagen del hombrecito verde que me pide que no pare. Camino hacia el túnel, en el sentido del tren. No puedo parar. No puedo quedarme quieto. El público del andén de enfrente lo ve mejor, el cuadro más completo. Es lo mismo si avanzo yo o si retrocede el mundo. Todo fluye. Y ellos son extras indispensables en un escenario simple de tan complejo. Parece de noche. Quizás por la tanta gente moviéndose a ritmo atractivo en un lugar cerrado. Quizás por la fuerte luz que aparece en el túnel oscuro, que ilumina lo que creía iluminado, y que por unos pocos segundos absorbe la mirada de todos, aunque yo solo me dé cuenta de su verdadera razón de ser. Se viene un momento especial, un cambio inesperado en la música que ya suena diferente, aunque los músicos sigan haciendo lo mismo. Suena diferente porque está sola con la luz. Y conmigo y mis ganas de sumar mi voz a una canción sin cantante. Cuando vuelvo a abrir los ojos el tren está parado, esperando que yo entre. Otra vez el teclado de los setenta, y me empuja adentro del vagón. Me estaban esperando. Una madre con sus hijos sentados uno a cada lado, un señor que levanta la vista del diario, dos chicas con uniforme de colegio que me miran y secretean, un abuelo que quizás nunca tuvo nietos y los demás, más atrás, que se confunden en manchas de colores. El tren arranca y la inercia deforma mi baile reprimido. Afuera del tren se apaga el mundo. Las ventanas se oscurecen y atravesamos el vacío. No importa la velocidad. Todo encaja en los tiempos marcados en mi cabeza. Con un acorde sorprendente, de entre las manchas de colores surge una mujer. Es la chica de la escalera, la coprotagonista. Avanza tomándose de los caños, saltando de uno al otro, esquivando pies y miradas. Pelo largo lacio y oscuro, rasgos suaves, ojos que todavía no delatan que me vieron, ropa suelta, libre, limpia, linda. Está cada vez más cerca. Intento no mirarla. Así está en el guión. La música me va a decir cuándo sea el momento. Seguramente ni hablemos, pero vamos a conectar. A entendernos, a saber que viajamos juntos. Y llega al lado mío. Se para y finalmente me mira. No puedo disimular que me gusta, que tenía la esperanza de encontrarla desde el principio de la canción. Mueve su boca diciéndome algo, pero no la escucho. No hay nada que escuchar. El sonido de los instrumentos dice más que cualquier palabra. Yo sonrío, esta vez afuera también. Ella no, nerviosa, dudando. Bajo la vista, todavía sonriendo, para sacarle presión. Los extras miran, nos siguen el juego. Y de repente, contacto. Siento su mano tímida sobre mi hombro. No esperaba eso, no lo vi venir. Me obliga a mirarla de nuevo. Otra vez mueve su boca. Lo que tiene para decirme es más importante que la música. ¿Qué puede ser más importante que la música? Me animo a la transgresión. Me arriesgo a dejar entrar el sonido ambiente. No va a ser la primera canción con diálogo en el medio, con un espacio de radionovela. Despacio, me saco el auricular derecho. El ruido del tren se mete en mi cabeza. No va mal con la música de la izquierda. Bajo la mano lentamente, a la vez que la miro, primero de reojo, después con la cara. Sonrío de nuevo. Ahora estamos en el mismo plano, comunicados en el mismo mundo. Permiso, me dice. ¿Qué? Permiso. Por favor. Miro al otro lado. El señor del diario hace que lee. La vuelvo a mirar a ella. La música se escucha menos. El principio del fin. Fade out. ¿Perdón?, digo. Que si me dejás pasar. Vuelvo a mirar al otro lado. El pasillo está vacío. La miro a ella y doy un paso hacia adelante. Claro, perdón, no te escuchaba. Perdón. Está bien, me dice. Gracias. Y pasa. La canción terminó. El tren empieza a detener su marcha, llegando a la próxima estación. La chica se aleja, tomándose de los caños. No era tan linda. Las chicas de uniforme se ríen y secretean. El abuelo se quedó dormido. Cuánto faltará para llegar. Dónde estoy.

Texto: José Antonio Bello
Foto: Nicolás Pérgola

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4 Responses to “Nadie es turista en su tierra”

  1. chochi said

    Alguna vez salí al song de “Beautiful Day” a caminar por el caos del microcentro de mi barrio. Estaba yo, y el resto ¿La diferencia? Yo sonreía, y era feliz. El resto no lo parecía. Mis pasos hacían las veces de bombo, mientras alguien me decía que todo estaba bien. Que todo era perfecto. Un hermoso día dirían los de la orquesta. Pero fue en ese momento donde sucedió lo peor. Olvidé recargar el nectar de mi mp3, esa transfusión que le da vitalidad al riñon de mi reproductor. Y fue así como dejé de sonreír. Las vocecitas alegres dejaron de susurrarme acerca de lo lindo que era la vida. Y no tuve más opción que unirme al resto, y putear a ese hijo de re mil put(#) que me tiró el auto encima. Hermoso relato mi querido Lucio. Ojalá haya muchos más. Saludos.

  2. fatigasdelquerer said

    Hermoso relato el tuyo Cochi. Gracias por sumarlo a esta serie. Estoy seguro que Lucio va a recibir tu mensaje. Y yo también espero que haya más. Saludos.

  3. Juancho said

    Me lo imprimo así lo leo como corresponde.
    La propuesta pinta muy buena, felicitaciones a ambos

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