Una montaña de letras

October 28, 2013

Leo La montaña mágica, de Thomas Mann. En la contratapa del libro hay una cita de Carlos Fuentes que dice: “Si Joyce es Irlanda y la lengua inglesa, y Proust Francia y la lengua francesa, Thomas Mann es más que Alemania y la lengua alemana”. Ulises, de James Joyce, y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, son novelas catalogadas popularmente como densas, extensas y poco efectistas. En ellas se retrata la vida cotidiana, y por eso mismo la narración avanza lenta y perezosa. Fiel a la estética impresionista, este tipo de obras devienen como la textura y el color se conforman pincelada tras pincelada en una tela. La idea de tiempo en estos libros se construye mediante pequeñas capas de eventos insignificantes. La montaña mágica de Thomas MannTanto hasta que, una vez adentrado en el libro, sin darse uno cuenta, se revela la vida misma. Aparece lentamente sin sobresaltos, pero con la potencia de la repetición, del hábito y de la ensoñación. Este tipo de novelas son como un gran mar al que cuesta zambullirse pero que una vez hecho cierto trayecto, uno prefiere seguir nadando para descubrir lo que le espera en la otra orilla, en vez de ahogarse de curiosidad por haber desistido. En este mar quieto, pero profundo y vasto, hay una leve corriente que es imperceptible y que lo arrastra a uno lentamente sin la más mínima evidencia de movimiento.

La montaña mágica es un exponente del verdadero poder de la literatura: el método expresivo por excelencia, la tecnología que nos hace humanos, el espejo que nos refleja y en el cual nos miramos y nos miran los demás. Lo que nos permite ser con el afuera.

La mayoría de los personajes tienen un espíritu contemplativo, lo cual sea hace evidente cuando Thomas Mann pone en sus bocas largos discursos filosóficos. Hacen, en definitiva, un análisis de la materia misma que compone a la obra. Hablan de las palabras, de las letras, de los signos, de las gestos que permiten desarrollar las ideas que se comunican en el libro. Y esto es lo que atrapa al lector: la imposibilidad de saber cual es su rol, si un pasivo visitante o un activo partícipe de la situación que se narra.

Settembrini, un simpático y estridente humanista lo tiene obnubilado a Hans Castorp, el joven protagonista de la novela. Este se debate entre la admiración y el odio para con el italiano. Es que Settembrini es la personificación y la voz de un debate más profundo que inquieta y enferma a Hans Castorp: si vivir de acuerdo a los valores de la tradición o a los de la revolución.

“Settembrini preguntó a sus oyentes si habían oído hablar de Brunetto Latini, secretario municipal de Florencia en 1250, autor de un libro sobre las virtudes y los vicios. El fue el primero en dar una educación a los florentinos, enseñándoles el arte de la palabra, así como el arte de dirigir su república según las reglas de la política. “¡Ahí lo tienen! -había exclamado Settembrini-. ¡Ahí lo tienen, señores míos!” Ya habló del “verbo”, del culto a la palabra, a la elocuencia, que consideraba el “triunfo del humanismo”, puesto que la palabra constituía el mayor honor del hombre, y sólo ese honor confería dignidad a su vida. No sólo el humanismo, sino la humanidad en general, toda la dignidad humana, el respeto hacio lo humano y el respeto al hombre por el hombre mismo, todo eso era inseparable de la palabra, y se hallaba, por tanto, estrechamente ligado a la literatura… (“¿Lo ves?”, diría después Hans Castorp a su primo, “¿Ves cómo en la literatura sí son importantes las bellas palabras? Me di cuenta enseguida.”) Y, de la misma manera, la política estaba ligada a la palabra o, más exactamente, nacía de la unión de la humanidad con la literatura, pues las bellas palabras daban a luz a las bellas acciones.
-Ustedes, en su gran país -dijo Settembrini-, tuvieron hace dos siglos un poeta, un viejo conservador maravilloso que concedía gran importancia a la bella caligrafía, pues creía que conducía a un bello estilo. Debería haber ido un poco más lejos diciendo que un bello estilo conduce a bellas acciones. Escribir bien casi supondría pensar bien, y esto no está muy lejos del obrar bien. Toda moralidad y todo perfeccionamiento moral nacen del espíritu de la literatura, de este espíritu de la dignidad humana que, a su vez, es también espíritu de la política y la humanidad. Sí, todo ello forma una unidad, es una misma fuerza y una misma idea y puede resumirse en un solo nombre.-¿Cuál era ese nombre? El nombre se componía de sílabas bien conocidas, si bien los dos primos no habían llegado a comprender aún el significado y su importancia. La palabra era:¡civilización! Y al dejarla brotar de sus labios, Settembrini alzó la mano derecha, pequeña y amarillenta, como quien hace un brindis.”

Imagen: *saipal

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