Yo mediado

July 29, 2016

nico-retrato-muy-baja

Soy disipado, abarcativo.
Por eso no acontezco.
Soy invisible, insustancial.
Porque no sucedo en un momento.
Soy atemporal, ubicuo.
Perceptible en el proceder.
Soy continuo, indefinible.
Permanezco sin estar.

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Luminocidad

April 1, 2016

Lisa, liviana, levitaba la luna. Llovía luz. Luciérnagas ligeras, laboriosas, limpiaban la lobreguez.

Luminocidad

Un dilema recurrente

July 4, 2015

Botella pintura

Quiero trascender el habla y la palabra.
Quiero no decir, quiero no escribir.
Quiero el todo de la nada.
El sonido que no dice.
El gesto que no indica.
Quiero escuchar el silencio.
Quiero ver la oscuridad.
Experimentar sin entender.
Quiero lo imposible:
Vivir sin transmitir.

Erase you vez…

August 31, 2014

La bendita manía de contar, Gabriel García Márquez“Erase que era una vez un criado que llegó temblando a casa de su amo y le dijo: ‘Señor, he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.’ Y el amo le dice: ‘Toma este caballo y este dinero, y huye de inmediato a Samara.’ El criado lo hace. Poco después, en el mercado, el amo encuentra a la Muerte y le pregunta: ‘¿Porqué le hiciste a mi criado un gesto de amenaza?’ ‘No era de amenaza, sino de sorpresa’, responde la Muerte, ‘porque debo recogerlo esta tarde en Samara y me sorprendía verlo aquí, lejos de Samara.’ Eso es contar un cuento como Dios manda. Si una historia no se puede reducir a estos términos es porque algo le falta o le sobra.”

– “La bendita manía de contar”, Taller de guión de Gabriel García Márquez, Ollero & Ramos Editores, 1998

El beso

August 28, 2014

El beso en la playa de Biarritz Francia

Miramos al mar como a un león viejo y manso a quién, a pesar de su edad, sabemos que debemos respetar: un paso de más y sus garras nos arrastrarían a la muerte. Lo miramos como contemplamos al fuego consumir el leño. O como hipnotizados por la TV, o por Facebook. Es una infinita corriente de eventos. Nos detenemos en la orilla, indefensos, a mirar un espectáculo de olas, viento y sol. Nada más y nada menos. Pero no sabemos si lo miramos a él o si es él quién nos observa. Porque al mirar como miramos, revelamos cómo somos. Como toda experiencia interactiva (¿hay otra?), nos predisponemos a ver a través de la lente de nuestros mundos personales. El que actúa juega a ser otro, pero el que observa es uno mismo. Enfrentados a una puerta impenetrable de agua turbia, nos rendimos impotentes a ser quienes somos. Los niños juegan. Las madres introducen a sus hijos al incontrolable impulso de la naturaleza. Otras mujeres charlan, otras desafían a la vergüenza haciendo topless. Otros miran el horizonte con atención reveladora. Otros demuestran su cariño y se besan ante la implacable y extraña fuerza de estar presentes sin otra cosa más que sus cuerpos. Y todos, se hunden en la arena. Símbolo de que el tiempo pasa, de que nada es para siempre. Es la vida que nos traga. Y no hay recuerdos ni sueños futuros, si no el momento que se escurre entre los dedos. Lo que nos salva es contemplar lo incomprensible, y así entregarnos a existir sin preguntar.

Es una paradoja. Extraño Buenos Aires como el dolor de los dolores.
Porque no es un objeto, o una persona. Es el aire. Es el contexto que le da al texto su riqueza.
Es el límite de mi persona. En otros lados soy otro.
Pero es una paradoja. Extraño el Buenos Aires que amanece conmigo en las mañanas.
Añoro la ciudad que está calcada en mis tripas.
La baldosa floja, el cielo azul y la pared gris. El perro fiero y vagabundo.
No puedo desear lo que sé que está pero no sé qué es. Por eso.
Es una paradoja. Me mata el dolor de no tener algo que poseo.

 

 

Una montaña de letras

October 28, 2013

Leo La montaña mágica, de Thomas Mann. En la contratapa del libro hay una cita de Carlos Fuentes que dice: “Si Joyce es Irlanda y la lengua inglesa, y Proust Francia y la lengua francesa, Thomas Mann es más que Alemania y la lengua alemana”. Ulises, de James Joyce, y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, son novelas catalogadas popularmente como densas, extensas y poco efectistas. En ellas se retrata la vida cotidiana, y por eso mismo la narración avanza lenta y perezosa. Fiel a la estética impresionista, este tipo de obras devienen como la textura y el color se conforman pincelada tras pincelada en una tela. La idea de tiempo en estos libros se construye mediante pequeñas capas de eventos insignificantes. La montaña mágica de Thomas MannTanto hasta que, una vez adentrado en el libro, sin darse uno cuenta, se revela la vida misma. Aparece lentamente sin sobresaltos, pero con la potencia de la repetición, del hábito y de la ensoñación. Este tipo de novelas son como un gran mar al que cuesta zambullirse pero que una vez hecho cierto trayecto, uno prefiere seguir nadando para descubrir lo que le espera en la otra orilla, en vez de ahogarse de curiosidad por haber desistido. En este mar quieto, pero profundo y vasto, hay una leve corriente que es imperceptible y que lo arrastra a uno lentamente sin la más mínima evidencia de movimiento.

La montaña mágica es un exponente del verdadero poder de la literatura: el método expresivo por excelencia, la tecnología que nos hace humanos, el espejo que nos refleja y en el cual nos miramos y nos miran los demás. Lo que nos permite ser con el afuera.

La mayoría de los personajes tienen un espíritu contemplativo, lo cual sea hace evidente cuando Thomas Mann pone en sus bocas largos discursos filosóficos. Hacen, en definitiva, un análisis de la materia misma que compone a la obra. Hablan de las palabras, de las letras, de los signos, de las gestos que permiten desarrollar las ideas que se comunican en el libro. Y esto es lo que atrapa al lector: la imposibilidad de saber cual es su rol, si un pasivo visitante o un activo partícipe de la situación que se narra.

Settembrini, un simpático y estridente humanista lo tiene obnubilado a Hans Castorp, el joven protagonista de la novela. Este se debate entre la admiración y el odio para con el italiano. Es que Settembrini es la personificación y la voz de un debate más profundo que inquieta y enferma a Hans Castorp: si vivir de acuerdo a los valores de la tradición o a los de la revolución.

“Settembrini preguntó a sus oyentes si habían oído hablar de Brunetto Latini, secretario municipal de Florencia en 1250, autor de un libro sobre las virtudes y los vicios. El fue el primero en dar una educación a los florentinos, enseñándoles el arte de la palabra, así como el arte de dirigir su república según las reglas de la política. “¡Ahí lo tienen! -había exclamado Settembrini-. ¡Ahí lo tienen, señores míos!” Ya habló del “verbo”, del culto a la palabra, a la elocuencia, que consideraba el “triunfo del humanismo”, puesto que la palabra constituía el mayor honor del hombre, y sólo ese honor confería dignidad a su vida. No sólo el humanismo, sino la humanidad en general, toda la dignidad humana, el respeto hacio lo humano y el respeto al hombre por el hombre mismo, todo eso era inseparable de la palabra, y se hallaba, por tanto, estrechamente ligado a la literatura… (“¿Lo ves?”, diría después Hans Castorp a su primo, “¿Ves cómo en la literatura sí son importantes las bellas palabras? Me di cuenta enseguida.”) Y, de la misma manera, la política estaba ligada a la palabra o, más exactamente, nacía de la unión de la humanidad con la literatura, pues las bellas palabras daban a luz a las bellas acciones.
-Ustedes, en su gran país -dijo Settembrini-, tuvieron hace dos siglos un poeta, un viejo conservador maravilloso que concedía gran importancia a la bella caligrafía, pues creía que conducía a un bello estilo. Debería haber ido un poco más lejos diciendo que un bello estilo conduce a bellas acciones. Escribir bien casi supondría pensar bien, y esto no está muy lejos del obrar bien. Toda moralidad y todo perfeccionamiento moral nacen del espíritu de la literatura, de este espíritu de la dignidad humana que, a su vez, es también espíritu de la política y la humanidad. Sí, todo ello forma una unidad, es una misma fuerza y una misma idea y puede resumirse en un solo nombre.-¿Cuál era ese nombre? El nombre se componía de sílabas bien conocidas, si bien los dos primos no habían llegado a comprender aún el significado y su importancia. La palabra era:¡civilización! Y al dejarla brotar de sus labios, Settembrini alzó la mano derecha, pequeña y amarillenta, como quien hace un brindis.”

Imagen: *saipal

La fealdad de lo bello

August 25, 2013

El odio a la belleza. A la infinita vanidad de los discursos y las palabras, a la vanidad de la cultura, a la vanidad del arte.

La insoportable levedad del ser

Milan Kundera, “La insoportable levedad del ser”, página 117. Tusquest editores, 2013

La insoportable levedad del ser

La tercera vez es la vencida, dicen. Primero. Lo compré, lo leí y lo presté. Nunca más volvió. Segundo. Lo volví a comprar, lo recomendé y lo presté. Nunca más volvió. Tercero. Volvió a mis manos, como un regalo. Y hoy lo leo y nunca más lo presto. De hecho, algunos de mis libros más queridos los he prestado y todavía no han vuelto. Los extraño. ¿A quién se le ocurre prestar una libro? Sólo el dueño puede saber el valor que tiene para él. El que se beneficia con el préstamo es indiferente al valor emocional que tiene para el que lo deja en manos extrañas. Y así es como los libros prestados nunca más vuelven. Porque el que se lo llevó en préstamo lo ve como lo que parece, pedazos de papel.

Celebro y me regocijo. Porque ha vuelto a mis manos como un hijo pródigo mi más querido libro, por tercera vez. Y hoy lo leo y nunca más lo presto. Y esta segunda lectura tiene mucho más sentidos, más profundidad, porque yo tengo más años de vida. Pero el libro es el mismo de siempre, aquel que se fue y siempre extrañé. Esta relectura es más leve, más llevadera. Veo las cosas más claras, pero encuentro otros matices que antes no distinguí. Es La insoportable levedad del ser que se revela ante mis ojos, la mía y la de todos. La nuestra.

¿Porqué lo extrañaba? Porque me permitió crecer. Este libro se refiere a los primeros desajustes producidos por lo que hoy definimos y vemos más claramente como Globalización. Pero no hablo del sentido económico de la palabra, sino de su verdadera raíz: la globalización de la sensibilidad. Globalización entendida como la ruptura de los límites de la identidad y la sensibilidad establecida, practicada cotidianamente por seres que se conocen y reconocen dentro de los límites de una propia lengua y de un propio paisaje. Una identidad que de tan ensayada se vuelve invisible, mística y sagrada.

Cuando los rusos invadieron Checoslovaquia en 1968, traspasaron más que un límite político y geográfico. Atravesaron lazos culturales enquistados en una sociedad que hasta ese momento se recreaba armónicamente en su lecho. Rompieron límites sensibles y forzaron el encuentro. Demandaron tocar al extraño, al enemigo. Provocaron saborearlo, olerlo, escucharlo, verlo. Establecieron otras conexiones. Esa invasión hizo visible lo que antes era invisible. Promovió la duda y machacó certezas. Reveló la insoportable levedad del ser.

Por su obstinada y solapada referencia a la globalización sensible es que digo que este libro me ha permitido crecer. Quién sabe si estableció en mí, mientras leía distraído por primera vez sus encantadoras crónicas, la necesidad de traspasar límites que luego traspacé (límites a simple vista geográficos, pero más precisamente culturales). Este libro me ha permitido mirar con afecto y compasión hacia otras culturas. Me ha hecho encariñar con sus personajes, con sus historias. Y será por eso que, secretamente, me ha hecho sentir curiosidad por el sufrir silencioso de la Europa del Este. Por la constante duda de su identidad. Por su temple de acero y su más sumisa delicadeza. Por ese diálogo sensorial que mantuvieron con el enemigo, tensión que hoy sigue vigente. Por ser todavía sensibles a la insoportable levedad del ser. Cualidad que los hace más vivos que aquellos a los que de tan seguros de quienes son, el ser les pesa.

La globalización sensible a la que digo que hace referencia Kundera él la llama “telepatía sensible”. Es esa pulsión irracional que atraviesa todos los tejidos sociales. Ese afecto globalizante que nos hace humanos. Globalizante porque está presente en todos, pero que a la vez es la más básica de las capacidades sensibles.

Transcribo a continuación un pasaje del libro que me inspiró a decir lo que digo, y que espero lo ilustre de acabada forma. Si no lo hace no importa. Tendrá sentido de alguna u otra forma. Por mi parte, espero que alcance a explicarle a aquellos a quienes reciben libros prestados, lo que significa un libro para su dueño. Sepan que no es tan sólo un trozo de papel, sino que es un transmisor de sensibilidad que puede motivar a alguien a traspasar los límites de su insoportable ser.

“Todos los idiomas derivados del latín forman la palabra «compasión» con el prefijo «com-» y la palabra passio que significaba originalmente «padecimiento». Esta palabra se traduce a otros idiomas, por ejemplo al checo, al polaco, al alemán, al sueco, mediante un sustantivo compuesto de un prefijo del mismo significado, seguido de la palabra «sentimiento»; en checo: soucit; en polaco: wspólczucie; en alemán: Mitgefühl; en sueco: medkánsla.
En los idiomas derivados del latín, la palabra «compasión» significa: no podemos mirar impertérritos el sufrimiento del otro; o: participamos de los sentimientos de aquel que sufre. En otra palabra, en la francesa pitié (en la inglesa pity, en la italiana pieta, etc.), que tiene aproximadamente el mismo significado, se nota incluso cierta indulgencia hacia aquel que sufre. Avoir de la pifié pour une femme significa que nuestra situación es mejor que la de la mujer, que nos inclinamos hacia ella, que nos rebajamos.
Este es el motivo por el cual la palabra «compasión» o «piedad» produce desconfianza; parece que se refiere a un sentimiento malo, secundario, que no tiene mucho en común con el amor. Querer a alguien por compasión significa no quererlo de verdad.
En los idiomas que no forman la palabra «compasión» a partir de la raíz del «padecimiento» (passio), sino del sustantivo «sentimiento», estas palabras se utilizan aproximadamente en el mismo sentido, sin embargo es imposible afirmar que se refieran a un sentimiento secundario, malo. El secreto poder de su etimología ilumina la palabra con otra luz y le da un significado más amplio: tener compasión significa saber vivir con otro su desgracia, pero también sentir con él cualquier otro sentimiento: alegría, angustia, felicidad, dolor. Esta compasión (en el sentido de jvspó/czucie, Mitgefübl, madkansld) significa también la máxima capacidad de imaginación sensible, el arte de la telepatía sensible; es en la jerarquía de los sentimientos el sentimiento más elevado.”

Robert Montgomery

La cuestión es la imagen, esa que resuena en nuestro consciente e inconsciente cuando vemos, escuchamos, olemos, tocamos o degustamos algo. La cuestión es qué significan los estímulos que recibimos a través de nuestros sentidos y de qué forma imaginaria se establecen en nuestra mente.
Estas imágenes son independientes de las tecnologías que las generan, ya sea una fotografía, una imagen cinematográfica, una melodía o un texto. Estas son influencias externas amorfas que identificamos y atribuímos como símbolos mentales que se transforman en percepciones y sensaciones corporales llenas de sentido.
Lo que intento es explorar las formas de esos estímulos externos, y en particular, lo que llamamos imagen. ¿De qué están hechas las imágenes? Es común que se entienda por imagen a una captura y representación figurativa de lo que llamamos realidad. Ejemplos simples de esto pueden ser una fotografía de una familia, una escena televisiva de un partido de fútbol o una pintura de Rafael. Estas son imágenes que se consumen imperceptiblemente, de decodificación immediata.
Los ejemplos anteriores son un tipo de tecnología de representación. ¿Pero qué imágenes hay en un texto? ¿Cuales en una frase poética? La percepción de este tipo de imágenes es mediado, porque requiere del aprendizaje previo de los símbolos que sugieren la representación de algo, como puede ser un lenguaje, escrito o numérico (porque también nos podemos preguntar: ¿Qué imágenes hay en un dato estadístico?).
¿Cual es el peso, el tamaño, de la información a decodificar en una frase como “Vivo en la muerte, que es eterna”? La representación pictórica de tal idea podría ser extremadamente compleja o directamente irrepresentable, salvo que se desarrolle a través de una narración cinematográfica.
Me interesa investigar al texto como imagen, y de cómo, a pesar de no ser rico en valores estéticos para la rápida absorción visual de la ideas que quiere transmitir, es, en contraposición, un código rico en capacidad de síntesis para la transmisión de información para la generación de imágenes mentales.
Las distintas tecnologías de mediación nos permiten desarrollarnos simbólicamente como personas, proceso que es influído por el estilo de representación que ofrecen. Por ejemplo, una fotografía de nosotros mismos nos devuelve una imagen corporal, o mejor dicho, antropomórfica. Si hacemos de esta tecnología nuestro principal espejo para identificarnos como individuos y nos entendemos principalmente como un cuerpo, nos volvemos presos de nuestra imagen. Nuestro cuerpo, entonces, se convierte en un objeto al que habrá que mantener, mejorar y adornar. Por otra parte, tecnologías como las de la escritura, que están basadas en la decodificación de símbolos a simple vista no reconocibles como ideas predeterminadas, promueven imágenes que quedan abiertas a múltiples interpretaciones en las que el individuo puede elegir reconocerse, lejos de la definición que ofrece una imagen corporal.
Intento, con todo esto, entender cómo las distintas tecnologías de representación y de expresión fomentan distintos niveles de análisis crítico de lo que percibimos y entendemos como realidad y de cómo nos interpretamos a nosotros mismos.
El trabajo del artista inglés Robert Montgomery puede ayudar a ilustrar el tema de esta discusión, ya que interviene espacios comunmente reservados para mensajes fotográficos para reemplazarlos por poesías. Aunque está en inglés, este video es una muestra de su trabajo. Otro caso puede ser el de la artista Tracy Emin, quién también realizó “cuadros” hechos de leyendas trabajadas en neón.

Tracy Emin