Serie “Fatigas breves”, pequeños textos llenos de sabiduría y estupidez. Todo en uno. Lecturas rápidas para el lector de hoy.

Historias de patas cortas y humanas reflexiones de autoría propia o de escritores invitados en busca de poca fama que ensalzan las Fatigas del querer para una mejor digestión.

trámites“Trámite”

Señor: “Hola.”

Señora: “Si. ¿Como se llama?”

Señor: “Santiago Nicolás.”

Señora: “¿Apellido?”

Señor: “Nicolás.”

Señora: “Esteeee… entonces es ¿Santiago Nicolás Nicolás?”

Señor: “Santiago Nicolás, es.”

Señora: “A ver… ¿Pero como se llama?”

Señor: “Santiago Nicolás.”

Señora: “¿Apellido?”

Señor: “Nicolás.”

Señora: “A ver, señor. ¿Su nombre y apellido es Santiago Nicolás?”

Señor: “Sí.”

Señora: “¿Entonces su nombre es Santiago y su apellido Nicolás?”

Señor: “Sí.”

Señora: “Entonces no se llama Santiago Nicolás si no sólo Santiago.”

Señor: “No, Santiago Nicolás.”

Señora: “Pero, ¿usted está loco señor?”

Señor: “Depende de lo que usted crea qué es la locura.”

Señora: “Mire Señor, no tengo tiempo para pavadas…”

Señor: “Entonces usted cree que la locura es decir pavadas…”

Señora: “…”

Señor: “Usted es una señora muy inteligente…”

Señora: “Bueno…”

Señor: “Pero si yo estoy loco, y lo que digo son pavadas, entonces deberíamos dudar de su inteligencia…”

Señora: “…”

Señor: “¿Entonces, cual es la verdad? ¿Mi locura o su inteligencia?”

Señora: “Mire Señor, no me insulte.”

Señor: “¿Mi pregunta la insulta?”

Señora: “Acá las preguntas las hago yo.”

Señor: “Bueno, pregunte entonces.”

Señora: “Por última vez, ¿Cómo se llama?”

Serie “Fatigas breves”, pequeños textos llenos de sabiduría y estupidez. Todo en uno. Lecturas rápidas para el lector de hoy.

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“Indigestión”

SunriseUn cálido sol poniente iluminaba la cocina y teñía el ambiente de color naranja pálido, pero las lágrimas le hacían entrecerrar los ojos y no la dejaban contemplar el cuadro en su totalidad. Picaba la cebolla de manera profesional, casi sin pensarlo, como le había enseñado su abuela, aunque curiosamente nunca pudo encontrar una solución para contener las lágrimas.

Luego prendió una hornalla y se agachó para buscar un sartén en la alacena bajo la mesada. Virtió un poco de aceite y la puso al fuego.

Repentinamente, su mente quedó en blanco y su mirada en fuga sobre un punto indeterminado. Era un acto reflejo en señal de relajación después de un largo día de trabajo. Sudaba delicadamente. La fina blusa pegada al cuerpo. Despertó de su ensoñación con las explosivas gotas de aceite caliente, por lo que se apresuró a rehogar la cebolla picada en el sartén.

A un costado esperaban en la cazuela las perdices ya preparadas, a las que luego añadió la cebolla cocida, ajo, pimienta, clavo de olor, vinagre y caldo. Las dejó hervir a fuego lento.

Pasó el tiempo de espera poniendo la mesa para dos. Lo de siempre: individuales con motivos de formas circulares de color rosa pálido, la vajilla blanca. De fondo, la casa inmaculada, los muebles de moda. Las recompensas de una vida como profesional.

Volvió delante de la hornalla, a investigar el proceso de cocción. En su camino desde la mesa a la cocina pudo ver el vapor saliente de la olla como una aparición, iluminado por el sol, que ahora entraba más espeso, trayendo la temprana oscuridad de la noche.

Escuchó la puerta de entrada que se cerraba. Era su marido, haciendo ruido por demás. Desde lejos, gritó “Hola”. Ella susurró lo mismo.

Al rato, él apareció detrás de ella. Su aforada actividad desentonaba con el ambiente calmo que reinaba en la cocina. Le besó la mejilla y se puso a hablar mientras se dirigía a la mesa. Se sentó y siguió hablando, hasta que ella posó la comida frente a sus narices y él calló, sin disposición para otra cosa que comer.

El silencio marcaba el ritmo de la cena, hasta que él, levantando su mirada, le dijo en tono burlón: “Comemos perdices, pero ¿somos felices?”, para luego practicar una sonrisa pícara, como invitándola a jugar.

Ella mantuvo su vista en el plato, seria, y continuó desgarrando con su tenedor al pobre animal que nadaba muerto en su salsa, la cual, por cierto, le había quedado exquisita.

Serie “Fatigas breves” (a veces no tanto), pequeños textos llenos de sabiduría y estupidez. Todo en uno. Lecturas rápidas para el lector de hoy.

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“Las rusas tenían novio”

hunting1Un domingo europeo salimos de caza con mi amigo Albertito y su asistente Cao por el countryside.

Después de la primera jornada decidimos tomarnos un descanso en el cottage. Mientras Cao despellejaba las presas, Max, el mayordomo de movimiento lento y perezoso, nos avisó: “Señor, llegaron las rusas”.

Amigas de Albertito, las rusas, eran las presas que yo esperaba por demás. Sin reparos me tenían las liebres que Cao preparaba para la cena.
Mujeres del frío, con hermosura celestial, las rusas salían del auto cuando las ví por primera vez. Una escena en cámara lenta que retumbó en mi mente.

Decidí detener la mirada en cada detalle, observar cada uno de sus contornos y dejarme llevar por esos paisajes, con la convicción de que cuando ambas nos hicieran saber delicadamente sus principios e intransigencias, yo estaría tan compenetrado que no escucharía nada, incluso los discursos de Albertito sobre las bondades de residir en el exterior.

Mucho esperé para que las coincidencias generen este evento. Que las rusas vengan de Rusia, que Albertito aquiete su dificultoso presente como hombre de negocios y pueda quedarse el suficiente tiempo en Inglaterra y que yo, pequeño señor del tercer mundo, me encuentre en Europa libre como un pájaro adiestrado a la espera del llamado del silbato. Albertito me había hablado mucho de ellas, hasta el hartazgo. Por eso decidí venir y subirme a este circo de la opulencia, armado para atraer a esas féminas de fuego blanco.
Al saludarlas, al estrecharles la mano enfriada por el feroz invierno, bajé la mirada y ví mis botas llenas de barro y de hojas. Me pregunté si esa era la imagen que yo quería tener para finalmente recibir a estas hijas de la estepa rusa.

Machetié ese estorbo de ideas, sequé las palmas de mi mano contra el chaleco de caza y le agradecí a Max el hacerse cargo de los bultos, mostrándome excesivamente amistoso. Polovna, festejó mi gesto con sus ojos y me dedicó una pequeña sonrisa desde una comisura que se repitió en mi cabeza durante varios minutos. Sin embargo, el bozarrón y los gestos circulares de Albertito deshicieron el momento y comenzamos a andar por el camino de piedra.

Inquieto, desbordado por una alegría que siempre fue ajena a mí, me descubrí queriendo entablar una conversación en un rudimentario inglés con Stevna, la más alta de las dos. Ella, pétrida, me miraba desde las alturas con suficiencia y se comportaba con un desinterés lleno de buenos modales. Su tono de voz era dulce, pero sus palabras, con su duro acento ruso, cortaban el aire gélido como una sierra. Lo mismo hacían con mi blando espíritu sudamericano, más acosumbrado a la nostalgia de las noches de verano que a la belleza con voz de hombre. “I’m a policewoman”… “a police”, me repitió. Si, entendí, un policía. La mujer policía, de rusia para mi mundo.

Debo reconocer que no me decepcioné de inmediato, puesto que pensé en los beneficios que podrían traer un juego de esposas. Pero su voz era demasiado áspera y cuando escuché la palabra que interpreté como un “…alto…” después de haber rosado amistosamente su espalda, un frío sudor, propio de interrogatorio sórdido de la KGB me corrió por el cuerpo. Giré mi cabeza y como Polovna reía intenté hacer pasar todo por broma, aunque estoy seguro que mi rostro evidenciaba una verguenza rojo soviético. Con la llegada de Max con una bandeja de copas y una botella de Vodka me refugié en unos tres o cuatro tragos.

Vino Cao con las armas para la segunda ronda de lo que sea que estaba en los planes matar. Albertito reía y mostraba sus marmolados dientes a las señoritas mientras de vez en cuando chequeaba que su engominada cabellera estuviera en su lugar.
Ligeramente poco sobrio me acerqué a Stevna para un segundo round de intercambio cultural. Cao me interceptó en plena carrera y me extendió decidido el arma. Lo mismo que a todos. Mi impulso romántico se quebró y quedé detenido en el barro, mirando a Stevna maniobrar el arma con temeraria destreza.

Por suerte, Albertito nos dirigió por el recorrido más corto y en unos treinta minutos estabámos de regreso en el winter garden. Una vez distendidos y nuevamente de copas, Polovna comenzó a mostrarse especialmente interesada en mis actividades. La ambiguedad de mis respuestas se completaban con las interpretaciones de ella o con el contexto que rodeaba el encuentro, presentándome como un aparente dandy.
Súbitamente, se levantó y haciendo un extraño ademán salió de la sala. La seguí y la vi dirigirse al baño. Me pregunté si su gesto había implicado una invitación, pero decidí esperarla afuera. Cuando salió y me miró quedé paralizado. Quise disimular la verguenza y para evitarla entré al baño. Otra batalla perdida.

Encendí un cigarrillo y abrí la ventana que daba al parque. Lo pude ver a Albertito coquetando con Stevna. Pupi -o en realidad Poppy- el perro vago de mi amigo, correteaba alegre entre sus piernas, de un lado a otro, sumándose a la fiesta hormonal. El ángulo de visión solo me dejaba ver a Albertito jugando con la escopeta con una mano y en la otra su eterna amiga, la copa de whisky. Stevna entraba y salía de escena como para empujarlo levemente, reírse y luego retraerse para salir de mi vista. En fin, lo último que ví antes de cerrar los ojos por el estruendo del disparo fue efectivamente el disparo, provocado por la estupidez innata del perro y de su dueño. Un tropiezo nada más, y el dedo adormecido de Albertito aprentando el gatillo.
Stevna no volvió a entrar a escena, y yo, por unos cuantos minutos, tampoco me animé a salir del baño.

Más allá de la lamentable muerte de la mujer policía, debo reconocer que algo de alivio sentí cuando más tarde Max me dijo algo que Albertito había omitido. Las rusas tenían novio.

Para mi fortuna, ese trágico descenlanse evitó que yo siguiera malgastando pólvora en exóticos ejemplares cuando están fuera de la temporada de caza.

Grupo London.

Los autores (2) son un grupo recreativo de emergencia en el exilio para sacar a Fatigas del querer del letargo creativo. No creen haberlo logrado aún, pero eso intentan.

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“Bidonde, Coca: una vida efervescente”

cocaCoca, intrépida, diminuta, de ojos y espíritu inquietos, olvidada por la belleza pero habitada por la gracia de la simplicidad; la de esos individuos que aman la vida incondicionalmente porque poseen el preciado don de la ignorancia, lo que los hace lo suficientemente sabios como para no cuestionar los hechos del universo.

Coca, sí, como la gaseosa. Ganó su apodo por su inocente dulzura y porque sus aseveraciones llenas de verdad resultaban empalagosas. Como un niño que no mide sus palabras, Coca daba discursos de sabiduría ancestral que nadie escuchaba del todo.

Coca, en realidad Margarita, como la bautizó su padre en honor a su madre, quien falleció por el esfuerzo de dar a luz a semejante cúmulo de energía. Exhausta, Margarita Márquez exhaló su último aliento en el instante mismo en que la aún sin nombre ensayó su primer grito de llanto en esta vida, lo primero que hizo y lo único que supo hacer.

El excelentísimo Dr. Marcos Bidonde, dueño de vastas tierras y de títulos nobiliarios otorgados más por el imaginario popular sobre su persona que por su débil vínculo con algún tipo de nobleza, era, en menor medida, el padre de Coca. Margarita Márquez, moradora de esas tierras y encargada de limpiarlas, fue como dijimos, en ninguna medida, la madre de Coca. Padre y madre, amo y esclava, las antítesis unidas para conformar un ser.

Coca ejerció como criada en Buenos Aires y “lo” hizo en esa ciudad en el mismo sentido en que Frank Sinatra cantaba sobre New York “si lo haces aquí lo puedes hacer en cualquier lado”. Y mejor aún para el limitado ego de Coca, porque en el inestable estado de cosas, hacerlo en Buenos Aires tenía mucho más mérito.

Coca, inquieta dama, hizo eso y mucho más: supo asear las casas de los más distinguidos señores de la ciudad, quienes la recomendaban a sus pares por su enorme entrega a la hora de servir y por sobre todo, por su eterna dulzura y efervescencia.

Coca, muda confidente, estiraba las sábanas para restablecer la pureza de las matrimoniales camas donde sus patrones, en forma intermitente, si la esperada ausencia de sus esposas lo permitía, practicaban con sus amantes los actos más pecaminosos, impensables para sus inmaculadas señoras.

Coca hizo esos y muchos otros quehaceres que tienen que ver con la vida familiar, inconmensurables al lado de lo que llamamos a secas limpiar, como ser el primer destino amoroso de un incontable número de adolescentes hijos de aquellos Señores, quienes acostumbrados a tenerlo todo, también aprendieron a tener a Coca cuando se les daba la gana. Ella se entregaba muy a pesar suyo, al principio resistiendo con furia, hasta que luego con resignación, en defensa de su honor ya que no de su cuerpo, maduró en su mente la inocente certeza de hacerlo para contribuir a la educación general de los futuros Señores, posibles patrones de los hijos que ella nunca pensaba tener.

Coca, la intachable virgen que no era, moría cansada a tiempo para dar a luz a un hijo inesperado de sangre azul, sacrificándose para que esta dulce historia se repitiera una y otra vez.

Augusto Besos Ventosa

El autor es un escritor errante sin blog ni credenciales.

Llega la serie “Fatigas breves”, pequeños textos llenos de sabiduría y estupidez. Todo en uno. Lecturas rápidas para el lector de hoy.

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“Le docteur”

pancho-anteojos1Había una vez un adolescente sabio que estudió y estudió hasta recibirse de médico. Entonces se mandó hacer una tarjeta que leía: Marcos Baluard, adolescente.
La humildad por encima de todo: era médico pero antes adolescente, y no quería hacer ostentación de su flamante título.
Pero un día cumplió los 25 y dejó de ser adolescente. Entonces, desechó las tarjetas y mandó a imprimir 200.000 que decían: Marcos Baluar, médico.
Detectado el error de ortografía las mandó hacer de nuevo – a pesar de que eso le significaría reducir su ración de Actimel mensual – y las re-repartió, contactando a cada una de las personas a las que le había dado tarjetas.
Pasaron unos meses y cursó el Doctorado. Y se convritió en Doctor.
Alors, se rehicieron las tarjetas y leyeron: Marcos Baluard, Doctor.
Pero como le pareció una respuesta mas que un oficio, las volvió a hacer.
Las nuevas decían: Dr. Marcos Baluard.
El tema era que no quedaba claro su especialidad. Entonces las mandó a reimprimir.
Y decían: Dr. Marcos Baluard, médico.
Pero no quedó conforme. Teniendo en cuenta que las tarjetas eran repartidas a pacientes, le pareció innecesario el doble título. Entonces, de nuevo a imprimir.
Y quedaron así: Dr. M. Baluard, médico, valga la redundancia.
Pero parecía estandarte de un partido político.
Para entonces, el Sr. Baluard tenía más de 20 años en la profesión. Y recordemos que además era médico.
Meses más tarde, el Sr. Baluard murió, demostrando que la muerte le gana a todos los que no se llaman jailande.
Mientras tanto, en Cancún el dueño de la imprenta era abanicado por dos negros corpulentos.
El sol era muy fuerte, así que se puso la remera que decía “I ♥ doc”.

Lucio

El autor es un amigo de la casa que cuenta más cosas en www.malypronto.blogspot.com