Historias y fotos ajenas entre sí que sin embargo tienen mucho en común. Enterate de que va todo esto acá. También podés leer las entregas anteriores.

Mercado Borough market Londres

Mejor una noticia a la vez. Primero mamá, soy vegana, y explicarle que pudiendo evitarse la explotación y sufrimiento de seres que sienten como exactamente como nosotros, que merecen una vida libre y feliz, por qué no hacerlo, si está comprobado que se puede comer saludable sin hacerle mal a nadie, y que no me importa lo que diga la gente, que de última ella también cree en algo que no se puede comprobar y que voy a hacerlo porque quiero y me hace bien, y ya tengo diecinueve años. Después, si reacciona bien, le contaré que estoy viendo a alguien, Fernando, que me cambió la vida, que de hecho fue él el que me hizo ver la magia en el veganismo, mostrándome que cuando uno juzga antes de conocer se queda afuera de una infinidad de experiencias súper lindas y súper únicas que no te olvidás nunca y que se acuerde ella, si no, de cuando viajó a Perú, que tenía miedo de ir, que le parecía inseguro y sucio, y al final volvió fascinada con la gente, los paisajes y la comida. Mamá más que nadie en el mundo me va a saber entender, aunque sean novedades tan grandes. Y si se pone feliz por mí como espero que se ponga, y veo que de verdad respeta mis decisiones, le voy a contar que Fer es verdulero y que tiene ciencuenta y ocho. Lo que sí, pase lo que pase, voy a esperar unas semanas para contarle del embarazo. La emoción de ser abuela viene con el miedo de envejecer y puede terminar arruinando todo.

Texto: José Antonio Bello
Foto: Nicolás Pérgola

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Bicicletas en Londres

Quizás soy yo que me quedé en el tiempo, pero es un tema de educación. En nuestra época, acordate, la calculadora era mala palabra. … Claro, el resultado no era lo más importante, tenés razón. Y mirá cómo es ahora. Dos por ocho, ya le digo, tiqui tiqui. … Sí, el lápiz negro se volvió cosa de dibujantes, no sé. … Puede ser, pero tienen doce años estos chicos, parece mentira Edith, y andan todos con su celular pintón, con luces de colores y la cámara fácil. Todo muestran, todo suben, todo comparten. … Yo no entiendo para qué. Lindos eran los tiempos en los que … Sí, verdad, no me olvido, sin Facebook no nos hubiéramos reencontrado todos. Y ahí está. No es el medio, es el uso que le das. ¿Qué pasó con los momentos especiales? Ahora todos los días un cumpleaños, todos los días un nacimiento. … Y si. … Sí, lo vi, hermoso nene, a pesar de que se lo ve medio violeta. … Ya me da terror imaginármelo de doce. No hay manera de que zafe, no puede zafar. … ¿Qué? Ah, sí, me fui de tema. Bueno, lo reté, lo tuve que retar, y le saqué el celular. Pensé que estaba googleando respuestas. … Bloquearon Wikipedia, pero ¿vos creés que no conocen otro lugar así? Pero no. … Fotos. Estaba mirando fotos que indudablemente había sacado él. … Si, suponés bien. Con una chica, no se le veía la cara. … Pensar que yo empecé a salir con Norberto a los diecisiete y me creía una loca sin límites. … Sí. Alguna locura hicimos, no me hagas hablar. … No sé, no le revisé las fotos. Mirá si me culpan de algo raro después. Por cualquier cosa te hacen juicio y no me puedo dar el lujo de quedarme sin trabajo. No ahora. … Además, a pesar de todo, no pierdo el amor por los chicos. Es importante que tengan a alguien que les traiga un poco de coherencia. … Sí, me quieren, me adoran, quedate tranquila. Entienden el reto como un límite necesario. … Incluso, si lo pensás bien, lo de las fotos es un desafío. Un pedido a gritos de alguien con criterio que venga y le diga lo que tiene que hacer. … Sí, bueno. … Hablando de eso, me avisan que tenemos que seguir. … Dale, dale. … Sí, el próximo martes está bien. … Gracias, Edi. … Bueno, ahora sí te dejo que además se va a cortar porque me quedé sin monedas. … Beso grande, beso. Mua.

Texto: José Antonio Bello
Foto: Nicolás Pérgola

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Pintura japonesa al aire libre

Antes de la primera pincelada hay mucho que calcular. Los límites de la obra marcan un vacío en el mundo que necesita ser completado. La obra terminada tiene que sumarse ahí, ser parte del todo. Tiene que convivir con el alrededor. Beto siempre dijo que el que pase cerca del local, tiene que sentirse diferente sin saber por qué. La vidriera tiene que activar en su cabeza un factor de confusión que empieza en un qué lindo local y puede terminar en un qué lindo mundo. Es un virus de bienestar y reflexión, de equilibrio más en macro, en palabras del Beto. Y Beto sabe. Fue el que me enseñó que si uno puede desarmar la razón de un recuerdo feliz, es el principio del fin de esa felicidad. Porque feliz es por definición inexplicable. Si se entiende, se puede repetir. Y la naturaleza naturaleza está por encima de la imaginación de cualquiera.
Ya tenía el espacio definido, perfecto para las ocho letras, contando la primera y la última un poco más grandes que las otras. La A de mar abierto azul cielo, con burbujitas y todo, y la S del final potente, llevando ruido de las olas infinitas. Pero me quedé en la q. Aqua, Apua. Aquarius, Apuarius. Siempre la confundí con la p. La mayúscula la sé, es la O con el palito. La minúscula es traicionerísima. Mi celular me hubiera salvado. Para buscar las letras o para llamar a Beto. Pero lo dejé en el otro bolso, así que me la tuve que jugar. Un letrista en serio es el que pinta más que letras. Y una vidriera siempre dice más de lo que se lee. Grande, Beto.

Texto: José Antonio Bello
Foto: Nicolás Pérgola

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India religión

Doce años tenía, la peor edad. Chico para quedarme solo, para dormir hasta cualquier hora y para elegir qué ponerme. Grande para vestirme rápido, caminar bien y decir gracias cuando me dan lo que no pedí.
Pasó el tío recién bañado, habló algunas cosas con papá mientras se fumaban un cigarrillo y salimos los tres en el auto. Desde el asiento de adelante me preguntó algo del colegio. Tapó mi respuesta preguntando la hora y aceleró. Llegábamos tarde.
Apagó el motor y nos bajamos. Le hacés caso a tu tío en todo momento y si nos separamos nos encontramos acá, al lado del policía de siempre. Nos acercamos al grupo que esperaba en silencio. Está por empezar, me dijo. Papá tenía menos frío que yo. Miré al policía, sabiendo que ahí nos íbamos a encontrar todos un rato después.
Nunca había visto al señor que habla. Papá y el tío se iban juntos pidiendo permiso y me dejaban atrás mirando el suelo. ¿Querés venir con nosotros?, me preguntó sabiendo la respuesta. Me agarró la mano serio y me dijo no te sueltes. Miré para todos lados buscando otros chicos de mi edad. No había. Esto es para grandes. Me paré derecho sin que me lo pidan y me sentí mayor. Creo que en ese momento pegué el estirón de golpe y los pasé a los dos.

Texto: José Antonio Bello
Foto: Nicolás Pérgola

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El señor no está, salió a dar una vuelta. ¿Y no dijo en cuánto volvía? No, pero imagino que en una hora por lo menos, creo que tenía idea de comer algo. Está bien. A veces, la vuelta sirve para limpiar la cabeza. Uno ve cosas lindas, cosas nuevas y se olvida por un rato de los temas que lo tienen mal. Esperemos que sea el caso del señor. Esperemos. ¿Y cómo está él? No sé decirle, la verdad. Vio que no es una persona muy expresiva. Fíjese que recién el día de la tragedia de Milenita le conocí las lágrimas. Y eso que dieciséis años que trabajo para él ya… Milenita. Pobre angelito. Sí, todos los días rezo por ella. Sí, yo también. ¿Y usted cómo está? Como puedo, tratando de mirar para adelante. Pero Milenita está por toda la casa. ¿Y por qué no sale a dar una vuelta usted también?, el señor entendería. Mire, el jueves es mi día libre y no quiero que llegue. No soporto la presencia de los niños. No sé devolverles la sonrisa. Y en cada mujer que se me cruza está Milenita y todo lo que no pudo ser. Disculpe, pero tengo que cortar. Necesito ir a lavarme la cara. El señor vuelve en un rato y no quiero darle razones para ponerse peor. Bueno, la entiendo y le agradezco la entereza. Si no fuera por usted. Por favor, dígale al señor que llamé. Quizás una charla logre distraerlo un poco.

Texto: José Antonio Bello
Foto: Nicolás Pérgola

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Hermoso lugar. Sí, hermoso lugar, le respondí, aunque no fuera una palabra que sintiera mía, y no pudiera dejar de verla a Julia sentada ahí, con cara de vacaciones y la hipersociabilidad que dan los días lindos, que con una sonrisa cuando la miré, me obligó a decirle hola. No llegué a pensar en un tema de conversación, que ya estaba sentado al lado de ella, deseando que se hiciera de noche. Los dos, después me confesó. Necesitábamos entrar en ese espacio reducido por la falta de luz y la música fuerte, lejos del sol que trae los minutos a la cabeza. Alcanzar una cercanía física que, confundida con una más profunda, nos diera permiso para darnos un beso que estaba escrito en la primera página del capítulo que define el libro. Todo el tacto encerrado en las bocas que al sentirse por primera vez, redefinen las miradas, los contactos y la forma de hablar. Después del beso hasta la música suena diferente, mejor. Y ya no importa cómo bailemos, mientras aprovechemos para mantenernos cerca.
¿Qué hacés?, preguntó Laura, divertida con la idea romántica de estar bailando sin música en el medio de un espacio público. No hago nada. Es el lugar que me da ganas de bailar.

Texto: José Antonio Bello
Foto: Nicolás Pérgola

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Recién en el ascensor me puse a pensar que estaba entrando a la casa de un desconocido. Sabía el nombre del cumpleañero, amigo de un amigo del novio de mi amiga que me acababa de llamar para avisarme que no venía. Toqué el timbre porque estaba en la esquina, y tenía más frío que planes.
Cuando entramos, Ezequiel, que me bajó a abrir, me señaló un perchero y desapareció entre la gente. Me saqué la campera y la colgué abajo de otra, para salvarla de los olores a cigarrillos y noche. Miré alrededor, encontrando un vaso vacío y una botella de cerveza disponible. Me serví y tomé. Mientras me limpiaba la espuma de la punta de la nariz, levanté la vista y ahí estaba, mirándome fijo, sonriendo. Mostrándome el vaso vacío en su mano con el índice extendido señalando la botella al lado mío, se acercó. Hola.
No hablamos mucho más. Se respiraba una tensión incómoda; la noción de que ese primer cruce de miradas iba a ser parte del tráiler de nuestras vidas. Laura, ¿vos? Sí, en un local de comida rápida. Sí. Es temporal, espero. Sí, tengo mail. No, birome no. Y los gestos de su cara cambiaron varias veces. Risas, timidez, duda, placer. Pero no pude sacarme esa primera mirada de la cabeza. Me siguió a todos lados, en todo momento, prometiéndome que iba a escribirme un día de estos para vernos de nuevo.
Disculpe, señor, creo que le di mal el vuelto. No, no, ojalá estuviera enamorada.

Texto: José Antonio Bello
Foto: Nicolás Pérgola

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Llegué temprano. Dos minutos tarde, en realidad, pero Marcos no estaba, y era demasiado pronto como para que se hubiera cansado de esperar. Además, yo estaba ahí respondiendo un tenemos que hablar y un prefiero no decirte por teléfono, así que no, no había forma de que los dos minutos pasados de la hora convenida fueran otra cosa que temprano.
Até la bicicleta a la baranda. El tono de Marcos me había dejado clara la seriedad del asunto: necesitaba toda mi atención. Pregunté la hora a un señor que pasaba al trote y me senté.
Qué raro que Marcos no haya llegado. No pude evitar pensar en lo que había cambiado nuestra relación con el tiempo. No sé en qué punto mis amigos se volvieron más importantes que la amistad. Me sentí solo. Cerré la campera hasta el cuello, metí mis manos en los bolsillos, y con las rodillas pegadas dejé que la gravedad me acomodara en la curva de las tablas del banco. Cerré los ojos.
Me acordé de nuestra primera charla en este mismo lugar, de la inmediata sintonía. De nuestros paseos en bicicleta, alternando carreras hasta la esquina con charlas en nuestra quietud relativa, mientras el tiempo y el mundo pasaba bajo nuestros pedales. Me sentía más en casa con ese viento de aire quieto en la cara que acostado en mi sillón, mirando mi tele.
Abrí los ojos con ganas apuradas de que Marcos estuviera sentado al lado mío. No sé qué vendrá a decirme, pero me di cuenta de todo lo que tenía para decirle yo a él. Pensé en llamarlo, pero no son cosas para andar hablando por teléfono.

Texto: José Antonio Bello
Foto: Nicolás Pérgola

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De memoria marqué el número. Milagrosamente acerté la combinación y del otro lado atendió una voz que había olvidado. Hola. Fue un hola diferente. Sin cara, más bien asociado a una sensación general. Muy agradable sensación, mezcla de acelere de fiesta, unas medidas de tequila y la adrenalina de la seducción correspondida, resumida en un nombre, una mirada y una boca que sonreía lindo.
El tono de su voz desmintió mi teoría irracional de que me había soltado el número para deshacerse de mí, contando con mi memoria alcoholizada. Te acordaste. Sí. ¿Dónde nos encontramos? Tomate este colectivo, te espero en la parada y vamos a tomar algo por ahí. Beso.
Sin anotar hora ni lugar llegué temprano a la parada, sin saber qué esperar. Son otros ojos sin maquillaje. Es otra sonrisa sin idealización con tequila. Por favor que sea linda.
Pasadas las dos y veinte, paró el primer colectivo. Sólo bajaron tres hombres. Una rubia miraba por la ventana. En la oscuridad bailable no había visto su color de pelo, así que perfectamente podía ser ella. La invité a bajar con los ojos, pero me devolvió la mirada como si de su lado del vidrio hubiera un espejo. No era ella. ¿Se acordará de mí? El colectivo se fue.
Pasaron diez minutos y veinte segundos hasta que llegó el siguiente. Tenía que ser este. Pude ver las siluetas de algunas personas preparándose para bajar. Nervioso, confirmé que había dos mujeres, jóvenes, bastante parecidas de lejos. Sin dejar de mirar, me corrí a un costado para dejar subir a la gente. Bajaron prácticamente juntas. La primera, bastante linda, podía ser. La segunda, más o menos. Era. Maldita memoria.

Texto: José Antonio Bello
Foto: Nicolás Pérgola

Otra vez, los inadaptados de siempre se quejan por los textos largos. Recién acabo de publicar la primera entrega de “Nadie es turista en su tierra” y ansiosos, sin pelos en la lengua, mandan mensajes sobre lo extenso de las entradas. Así es la gente de hoy, apurada por vivir, por comerse una hamburguesa cultural en vez de tomarse el tiempo para saborear unas cuantas palabras de más que es necesario que sean escritas. Esta es gente que se fatiga fácilmente. Así no. No se dan cuenta que entre todos podemos hacer un Fatigas mejor. A ponerse las pilas.