Es una paradoja. Extraño Buenos Aires como el dolor de los dolores.
Porque no es un objeto, o una persona. Es el aire. Es el contexto que le da al texto su riqueza.
Es el límite de mi persona. En otros lados soy otro.
Pero es una paradoja. Extraño el Buenos Aires que amanece conmigo en las mañanas.
Añoro la ciudad que está calcada en mis tripas.
La baldosa floja, el cielo azul y la pared gris. El perro fiero y vagabundo.
No puedo desear lo que sé que está pero no sé qué es. Por eso.
Es una paradoja. Me mata el dolor de no tener algo que poseo.

 

 

Visiones de una esquina

March 7, 2010

En una esquina, en cualquier ciudad, confluyen más que calles, autos y personas, si no también historias y la Historia.

En algún lugar en Buenos Aires, Don Pedro de Mendoza, conquistador español y fundador de la ciudad en el siglo XVI todavía combate a los lugareños, por obra y gracia del azar del planeamiento urbano, en bizarra y eterna lucha. Sus enemigos ya no son los inadvertidos indígenas con los quienes luchó para sacar a patadas del Río de la Plata, si no un batallón creado tres siglos más tarde por los pobladores de la ciudad que Don Pedro mismo fundó. Esta unidad de milicia a la que me refiero es el Tercio de Cántabros Montañeses, creada después de la primera invasión inglesa a Buenos Aires en 1806 por el Virrey Santiago de Liniers ante la posibilidad de que aquellos vuelvan de visita.

No los recibirían con té exactamente. El Virrey instó al pueblo a organizarse en cuerpos militares separados según su origen, y entre otros, llamó a los cántabros, comprendiendo a los oriundos de las tres provincias vascas, los navarros y los montañeses. Poco después, en 1807, estos cuerpos militares volverían a espantar a la ingleses. Y unos años más tarde, vaya uno a saber si porque le agarraron el gusto a echar a las potencias coloniales de moda, los pobladores de la ciudad de Buenos Aires harían los mismo con los españoles. ¡Fuera carajo!, habrían dicho hipotéticamente. Muchísimo tiempo después, en 2010, celebramos hoy con agridulce emoción adolescente los 200 años de independencia de la República Argentina.

Mi relato no necesita más detalles históricos que los hasta aquí mencionados, pero para los intelectualmente audaces con un poco de tiempo recomiendo leer la breve historia de este batallón.
Sin más preámbulos, la esquina a la que me refiero es Mendoza y Montañeses, en la citada ciudad. Creo estar en lo correcto sobre el origen de los dos nombres de las calles, si no, que la historia o algún entendido me juzgue.
Si esta esquina fuera una olla, y la historia dictara los ingredientes para hacer una sopa, vayamos tomando nota: un puñado de indígenas, algunos miles de españoles, otros miles de ingleses y decenas de millones de argentinos, ¿qué más?

La razón por la que cuento esto es porque desde hace unos días esta esquina se arrebata en mi mente en forma de imagen fotográfica. Es un sueño estático de gran placer. Así que cuando la imagen viene, la retengo y le doy vueltas, como si girara 360 grados sobre mí mismo. Me quedo ahí, mirando, las casas, la gente, el sol como lo recuerdo brillar. No es casual este sueño, mi historia también confluye en esa esquina, yo soy un más ingrediente de la sopa. Agrégenme a la lista.

Los detalles. La perspectiva de la imagen que me inunda está levemente elevada del piso y se posiciona sobre la calle Mendoza unas casas antes de llegar a la intersección con Montañeses. Ya sé porqué es esto. Es mi visión desde el colectivo 42, el que me llevaba desde el colegio hacia mi casa. Creo recordar esta particular ubicación del trayecto porque era señal de estar cerca, de estar llegando. Esta línea de transporte une el barrio de Nueva Pompeya con la Ciudad Universitaria. Tal vez estos unos ingredientes más, como para sazonar.

Desde esa posición elevada lo que veo es una casa a mi izquierda que siempre me llamó la atención. Es un paredón totalmente cubierto por una enredadera con solo una puerta y un muy pequeño rectángulo ubicado en unos de los costados de la casa donde hay un pequeño monitor que transmite imágenes, muchas veces un ojo que mira y parpadea. Recuerdo mirar siempre este monitor asombrado y curioso de su porqué. Una original y silenciosa forma de despertar a la gente de su dormitar cotidiano. Alguna vez leí que ahí vive un artista. Imagino que con ciertos ánimos de reclusión.

Más adelante, también sobre la izquierda y del otro lado de la calle Montañeses, justo en la esquina, una gran casa. Perteneció a alguien de mi familia y ahora pertenece a mis recuerdos de niñez.
Sigo girando y veo más casas, algunas las cuales dudo que sigan estando ahí. A la derecha, sobre otra de las esquinas, veo un gran edificio vidriado de oficinas que arruina el recorrido visual, como la mayoría de la arquitectura de este tipo. Toda ciudad tiene sus pequeños monumentos al mal gusto, esos no lugares eregidos en nombre de la productividad.

También sobre la derecha, lo que veo es un restaurante de comida china. Lo que representa el último ingrediente de esta sopa tan imaginaria como real que se está cociendo.
Con el correr de las últimas décadas, la comunidad de origen chino en el área fue creciendo hasta establecer lo que hoy se da en llamar el Barrio Chino en Buenos Aires. Calculo que una gran ciudad con esta debía tener un barrio como este, así que ahí el apuro por la definición. La esquina de Mendoza y Montañeses también cumple aquí su parte, ya que funciona como uno de los límites de este mundo oriental vernáculo.

En mi afán por buscarle una resupuesta a mis visiones de esta esquina tan intrascendente, encontré todo esto. Confluencias de significados y símbolos que a nadie le importan, especialmente a los que transitan diariamente con otras y elevadas preocupaciones esas calles, a pie, en auto o en colectivo (ni hablar de la apatía de los pasajeros del 42 por esta fugaz intersección en su trayecto).

Repasemos. Indígenas, españoles, ingleses, argentinos, el barrio de Nueva Pompeya y su probable origen italiano, chinos. El artista enclaustrado que muestra su arte a través una pequeña pantalla. Pequeños monumentos al mal gusto. Yo mismo. Todos ingredientes desfazados en el tiempo que irradian desde una esquina en algún lugar del mundo que se fija inadvertidamente en mi mente como una grata sensación. Nada tiene que ver con nada, hasta que el azar, el tiempo o en este caso yo, juntamos los elementos para convertirlos en algo que contar.
No sé bien quién me dijo que alguien dijo que la patria es la infancia. Tiene sentido a la vista de la cronología de los hechos que acá se recopilan, y que muestran a un puñado de tribus peleando en distintos estadíos por un solo lugar para que termine siendo de nadie.